El buenismo, la herencia de Zapatero




No me gusta quedarme con las primeras impresiones, probablemente porque no suelo salir bien parado de ellas. Es posible que hace siete años, o seis, o cuatro, no hubiese escrito lo que me dispongo a escribir ahora. De hecho no es posible, es seguro. Tampoco he cambiado tanto, pero siempre hay detalles, pequeños matices. El caso es que aquel 14 de marzo de 2004 yo no voté al PSOE ni voté a Zapatero. Tampoco voté al PP, Acebes había tirado mi casi segura papeleta por el retrete. Pensaba, como tantos otros, que la derecha ganaría de nuevo esa votación, que les costaría mucho más gobernar, pero sobrevivirían. Me equivoqué una vez más.

Llegaba Zapatero y, con él, el zapaterismo. O, lo que es lo mismo, el buenismo, esa concepción del mundo en la que se piensa que con un par de buenas palabras se van a abrir las aguas del mar Rojo. Para bien y para mal. Seis años así, buenista para bien y para mal. Para bien Irak. No me gustaba esa guerra en su momento, ahora con más datos aún menos. Quizá fallaron las formas, pero no lo sé, no soy estratega militar y desconozco si nuestro paso adelante fue un paso atrás para otros. Pareció la decisión, eso sí, deslavazada, como mal planteada. Eso también ha sido una constante en los siete años de Zapatero, las ideas, buenas o malas, siempre han estado mal comunicadas. Lo más difícil para ZP es algo que a mi, quizá porque me dedico a ello, me parece lo más sencillo. Para bien el aborto. No sé qué pensaría mi yo de hace siete años, pero hoy agradezco que esas decisiones sean más fáciles de tomar. Es una decisión muy dura, de las más duras, es conveniente abrir las opciones y escuchar mucho menos a las conciencias que se dirigen desde Roma. Creo que en aquellos días esto me parecían cosas menores, gestos por debajo de acciones. Ahora no lo creo así, me gustan estas cosas que abren nuevas vías y ya no creo que sean minucias. En la misma línea hablaría de los matrimonios homosexuales. Deja decidir al ciudadano, no le pastorees, no des por sentado que es tonto. Hubo un momento en aquella discusión en la que todo se convirtió en un problema semantico de la palabra matrimonio. Valiente tontería, crear ciudadanos de primera y segunda por un problema que no sabría resolver ni la RAE. Por lo general creo que Zapatero es un cúmulo de buenas intenciones y, como punto de partida, no me parece mal.

Pero la balanza también tiene pesos importantes en el otro lado. El buenismo llevó a una política exterior deslabazada, inconexa, con algunas ideas de cordero degollado. No creí, ni creo ahora, en la Alianza de las Civilizaciones. Ana Botella diría que es juntar peras con manzanas y, en esto, tendría razón. No caeré, al menos no esta vez, en el Eurocentrismo de pensar que la nuestra es la buena y que todos los demás deben tener una democracia parlamentaria liberal de **** madre. No, hoy no. El problema, además, no es ese. Es que hablamos idiomas diferentes y, obviamente, no hablo de una cuestión lingüística. Donde unos ven sacrilegios otros creen que es libertad. Donde hay latrocinios, ley. Claro, así el dialogo es imposible, y menos aún que los niños canten como las canciones de Doraemon. En no pocas ocasiones Zapatero propuso soluciones muy sencillas para problemas complicadísimos y, lógicamente, siempre salieron mal.

No fue su único problema en el exterior. Sus bravuconerías populistas previas a tomar el poder le costaron la relación con Estados Unidos. Y eso puede gustar a mucha gente, pero no es muy operativo. No es sólo Bush, tampoco Obama se ha acordado mucho de ese tipo que vive en La Moncloa. Da la impresión de que España ha perdido peso en el mundo con Zapatero, lo cual no es para llorar, pero tampoco es positivo. El buenismo (de nuevo) de Zapatero le llevó a convertirse en la libertad guiando al pueblo con el tema de la Constitución Europea. Votamos los primeros para pavonearnos y hubo que envainarla. Debo reconocer que mi idea de Europa es sensiblemente diferente a la de la mayoría, así que difícilmente podríamos ponernos de acuerdo en temas concretos. Como generalidad diré que hemos tenido un peso escaso (por decir algo) en las decisiones de Bruselas y que las pocas veces que hemos necesitado al resto de la UE nos hemos quedado esperando. No quiero decir con esto que sea exclusiva culpa de Zapatero, pero tampoco ha ayudado a cambiar todo eso.

Vuelvo a la extrema bondad del personaje. Decidió que iba a ser un presidente pivotal de la democracia acabando con ETA. Creo que hoy estamos más cerca que nunca de ello, pero el modo en el que se han desarrollado las cosas muestra que la manera de conseguirlo ha sido la antitética a las tesis de Zapatero. Se empeñó en negociar con tipos que ya habían demostrado ser incapaces de sentarse en una mesa y avanzar en el dialogo. Y así salió. Esta semana varios periódicos (encabezados por El Mundo, por cierto, me ha sorprendido leer en el perfil de El País de Rubalcaba una idea de esto completamente tergiversada) muestran lo que fueron aquellas conversaciones, lo que llegamos a dar (Faisán, más dialogo ante la intransigencia) y lo muy poquito que ganamos. Después se puso duro, muy duro y el tema ha cambiado mucho. Es difícil hacer las cosas de una manera tan opuesta con un solo gobernante. Diré también que no soy un entusiasta de las ilegalizaciones de partido. Daré hasta mi última gota de sangre por defender sus ideas aunque no esté de acuerdo con ellas, dice el adagio. Creo que no tanto, y más en este caso que es literal, pero me siento incómodo cuando se tiene que recurrir a los juzgados y no sólo a la lógica del ciudadano.

Zapatero, que ha sido un buen presidente para las libertades, es un pésimo gestor. No ve las cosas, no se rodea bien, no es capaz de dirigir con inteligencia un presupuesto. No es el culpable de la crisis, claro, pero sí es culpable de no haberla visto cuando era muy evidente para cualquiera y de no haber sabido atacarla hasta que no le han tirado varias veces de las orejas. La crisis en España no se solucionaba con un par de palabras bonitas. Zapatero, que debe ser un tipo con suerte, creyó que una vez más valdría con una sonrisa. No era el caso. Esto, por cierto, fue el golpe de gracia para aquel optimista patológico de León. Hoy Zapatero es más triste, más sombrío, más reflexivo, más duro. Es probable que sea peor persona y mejor gobernante.

Tampoco ha sido el mejor rodeándose de colaboradores. Ha tenido algunos aciertos, claro, como Gabilondo Camaño, pero el saldo no creo que le favorezca. Bibiana Aido, González Sinde, Leire Pejín, Carmen Calvo ("el dinero público no es de nadie")... o mis favoritos, Magdalena Álvarez y Bermejo. Por el camino mucha cuota catalana y andaluza como si los gobiernos se confeccionasen al peso y no por capacidades. Se ha notado esto mucho en cuestiones de comunicación, en pocos lugares del mundo un gobierno es capaz de caer en tantas contradicciones internas como el de ZP. Un día era A, al siguiente A' y después Z o H. Como ciudadano aborrezco estas cosas, me gusta estar enterado y en estos últimos siete años no he sido capaz. Lo he intentado con todas mis fuerzas, pero no me han dejado.

Con todo esto, y muchas cosas que me dejo (aseguro que no he mirado un solo papel para esta mierda que he escrito), no sabría decir si es un gran iluminado o un desastre completo. Creo que el cambio es necesario, exigido, y me encantaría que fuese un cambio de verdad (me voy olvidando, ya lo sé). Creo que le ha sobrado el tiempo, sus políticas de primera ola tenían un pase, pero cuando tuvo que controlar el dinero caímos en el disparate. Pero no sé evaluarle. Me quedo, para terminar (por hoy, que otro día entraré en las primarias aunque a nadie le apetezca demasiado leerme) con un par de reflexiones de Gistau hoy en El Mundo. La primera es que pasa el tiempo. Y eso se ve mejor en estas cosas. Zapatero es el primer presidente que pude votar y no voté, es mi adolescencia, mi carrera, mis primeros trabajos, alguna que otra novia. Y ahora cierra el ciclo y todo cambia un poco, algo muere, algo nace. También me quedo con la otra, Zapatero tiene dos opciones en lo que le queda: dejarse llevar por la irrelevancia y ser absorbido por las primarias o, ya ligero de equipaje, hacer lo que no se atrevía a hacer cuando las encuestas le escrutaban y le marcaban el futuro. A ver que pasa, le queda un año.